Antes los objetos se hacían para durar, para ser reparados. Hoy se hacen en grandes cadenas de producción con el único fin de ser caducos. Ya no se repara ni se cuida con mimo objetos y artículos que nos acompañaban toda la vida, que nos servían durante generaciones. Los artesanos tradicionales han desaparecido, y en su lugar solo existen puntos de desperdicios y cadenas de ventas de baratijas. Puro consumismo decadente.

Sé bienvenid@ a Duraderos, el primer blog de consumo en donde nos fijamos en la fiabilidad de los productos y en su utilidad práctica. Aquí te hablaremos de los objetos y artículos hechos para durar y para resistir el más rudo trato diario, nuestro ritmo. Hechos como antes. En una palabra: duraderos.

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6.6.16

El reloj como servicio público


Hace algunos siglos, cuando el reloj era un bien enormemente preciado y eran contadas las personas que podían disponer de uno, en las torres de las iglesias y en las fachadas de los más importantes edificios administrativos un gran reloj solía informar a toda la población acerca de la hora del día que era. Las plazas centrales en los pueblos estaban formadas casi siempre por dos elementos que no podían faltar: la iglesia, y el reloj. Cuando los habitantes se encontraban lejos del pueblo, realizando muchas veces labores del campo, los repiques desde la torre del campanario les iban informando sobre el paso del día y el transcurrir de las horas. Los festivos y domingos eran identificados fácilmente por el redoble de campanas, así como las fiestas, o los funerales.

Hasta no hace mucho los mercados los presidía un reloj, así como las lonjas y muchas fábricas en centros de trabajo. Todo se hacía bajo la sombra del reloj y era él quien se convertía en testigo de pactos y cierres de acuerdos y negocios.




En las salas de los hospitales, en las estaciones de ferrocarril y en las terminales de aeropuerto el reloj se alzaba distante y grande, como un sol de interior. Cuando llovía, esperabas al tren dentro de la estación, sentado en unos larguísimos bancos de madera, mirando el imperceptible movimiento de las manecillas en el centro de una esfera que, en mi caso (y en la estación donde solía esperar el tren con mi padre, hoy ya desaparecida) era de un nítido color blanco. A ningún loco se le habría ocurrido la idea de poner una máquina de monedas al lado para, el que deseara saber la hora, depositara una determinada cantidad de dinero. La hora era (y es) uno de esos pocos "bienes de información" que se da gratis, de la que se informa gratis, históricamente.

Hoy la gratuidad no existe, ya nadie da nada gratis. El reloj -la hora- ha quedado como uno de los pocos resquicios en donde aún la sociedad del consumismo y del capitalismo era desconocida.


No hace mucho visitaba a un familiar en el hospital. Las máquinas de monedas que existían antaño para ver la televisión había sido sustituida por unas tarjetas por las que había que pagar determinada cantidad de dinero si querías ver la tele. No se te ocurra pedir prestado un periódico o una revista para leer, no solo está mal visto, sino que si lo haces en una tienda te lo negarán. Sin embargo puedes entrar en cualquier relojería y preguntar la hora. Muchos dirán, no sin razón, que la papelería vive de eso, de vender revistas, y que los que editan esas revistas tienen que tener un beneficio. También los fabricantes de relojes y las relojerías.

La diferencia fundamental es que la hora, desde siempre, se considera un bien básico, necesario, mucho más importante que conocer las noticias o que ver el magazine de la mañana en "la caja tonta". Mucho más imperativo que saber los resultados deportivos o las vicisitudes de los famosos. Cuando alguien te pide un periódico que estás leyedo tienes la sensación de que se quieren aprovechar de ti, o de que el otro tiene mucha cara por querer informarse con algo que has pagado tú. Sin embargo, el reloj también lo has pagado tú, y curiosamente cuando alguien nos pide la hora sentimos moralmente la obligación de facilitársela. Nos sentimos normalmente como si estuviésemos haciendo un servicio público.


Internet, la panacea de la libertad y casi el último recinto de la gratuidad, ha pasado de intentar ofrecerlo todo gratis hasta querer cobrar por los servicios más fundamentales. Wi-fi, la conectividad inalámbrica pensada para hacer de la gran Red algo abierto y accesible, se ha transformado en un sistema en el cual han aparecido servicios de acceso por horas, o incluso por minutos. ¿Os imagináis si el reloj hubiera aparecido en estos tiempos? Algo imposible, pero pongamos por caso. Si ahora hubiera aparecido la relojería, en casi todos los espacios públicos habría al lado del reloj, con la esfera oculta, una máquina en la que tendrías que depositar una moneda para ver la la hora. Incluso por las calles de las grandes ciudades, al lado de los puestos de venta automática de periódicos y golosinas. Que nos preguntaran la hora mientras paseamos sería considerado como algo descortés y vulgar, y enseguida miraríamos con desdén a esa persona pensando: "míralo, no sabe ni leer la hora". O: "míralo, no tiene ni para un reloj".

Hoy en día está mal visto lo que es gratis, lo que "no hace negocio". Se persiguen a las aplicaciones que buscan compartir coche, tildando a la gente que, por solidaridad, ahorro o evitar más contaminación, comparten su coche, de ilegales o incluso de delincuentes. Se cobra por ver la tele en lugares donde muchos pacientes ancianos es el único entretenimiento que tienen, se cobra por usar el aire, que es de todos, para transmitir ondas Wi-fi, y se cobra hasta por aparcar. Se supone que todo ese dinero es para prestar un mejor servicio, sí, pero lo único que hacen las compañías y operadores de servicios es poner tarifas más caras, las compañías arrendatarias de explotaciones en hospitales y asilos, máquinas cobradoras más eficientes.


Sí, claro, si yo y tú cobramos por dar la hora es para así poder comprarnos un reloj mejor. Así, con ese nuevo reloj, cuando me pregunten la hora podré dar además la temperatura ambiente, el día de la semana, e incluso la hora en Katmandú. "¡¡Pero si yo solamente quería saber la hora!!", nos diría el señor o la señora que nos hubiese preguntado. "Ya. Pues si quiere saber solo la hora, cómprese usted un reloj y llévelo consigo". Cuando un servicio que puede darse gratis no se da, no es para darte un mejor y más completo servicio. Es solo por codicia. Es solo por querer obtener un beneficio económico con lo que sea. El beneficio de la prestación temporal de un televisor en un hospital no redunda en mejores televisiones de plasma (la mayoría de las veces las televisiones en los hospitales públicos son minúsculas), ni en un hospital con mejores servicios (no he visto ningún centro de ese estilo que haya salido de sus números rojos gracias a cobrar por cosas tan insignificantes como encender la tele). Simplemente es una forma más de sacarle a la gente los cuartos. Como esos libros que te prometen un empleo para hacerte millonario o conseguir un trabajo, y resulta que el autor del libro se ha hecho millonario y ha obtenido un trabajo... Engañando a pardillos para que le compraran precisamente ese libro.

En este mundo del reino del dólar hay demasiadas cosas que son de pago (bueno: casi todas las cosas son de pago). La hora es una de esas poquísimas cosas que aún se dan gratis, algo proveniente de tiempos históricos en donde la gente se prestaba desinteresadamente ayuda. Y eran tiempos no menos peligrosos o difíciles que estos.

| Redacción: Duraderos.com

2 comentarios :

  1. Muy buen Post Bianamaran.

    Si algo me ha apasionado desde niño son los relojes y las campanadas de las iglesias, antiguamente no había pueblo sin su iglesia y por supuesto cada iglesia tenía su correspondiente reloj y sus campanas para llamar a los feligreses, las iglesias eran un lugar de encuentro más allá del culto religioso, donde además te podías encontrar una hermosa fuente y una espaciada plaza llena de bancos donde se arremolinaba la gente, los mayores se sentaban en los bancos a contar sus batallitas o simplemente a ver el tiempo pasar mientras tomaban el sol y daban de comer a los pajaritos, donde los niños no paraban de correr y de jugar, en definitiva, un punto neurálgico de la vida social donde la gente quedaba y celebraba los momentos más importante de su vida como son los Bautizos, Bodas y Comuniones, también los más tristes como son los funerales, pero alrededor de todo este punto álgido de la vida social de los pueblos de todo el mundo se veía y se ve pasar la vida, coronado siempre por un reloj que marca las horas como si fuera el Dios Saturno ( Kronos) devorando con el pasar del tiempo a todo los seres vivos.

    La estampa de los relojes de iglesia acompañados de las campanadas son una combinación mágica, no me puedo imaginar que habría sido de la gente sin estos maravillosos artilugios creados por el hombre, fueron el Internet y las redes sociales de la época, donde la hora se democratizo y era igual para todos, el reloj era la computadora de su época, la maquina mágica que daba la hora gratis, algunas veces cuando he estado en alguna plaza de la Edad Media que tanto abundan en España me he imaginado como seria la vida social en su época y lo que tengo claro es que los relojes formaron una parte muy importante de la vida sencilla de las gentes de épocas pasadas.

    Por suerte todavía tenemos los relojes de las iglesias, aunque también es cierto que en la época tan individualista que vivimos ya nadie les hace caso, alegrémonos al menos de poder contemplarlos y disfrutarlos.

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  2. Tal vez no estoy completamente de acuerdo contigo cuando dices "Cuando un servicio que puede darse gratis no se da, no es para darte un mejor y más completo servicio. Es solo por codicia. Es solo por querer obtener un beneficio económico con lo que sea." pero en lo demás tienes mucha razón, me da mucho gusto haber encontrado una persona con los pies en la tierra. Saludos.

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